El amante de mi (casi) amante

Soy Un Loser

Se llama I., y yo le conozco.  Ya habíamos coincidido alguna vez. Es amigo de David. Y me enteré de todo en el cumpleaños de David. Los amigos de David se pusieron a hablar de I. muy preocupados porque no la ven bien.

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I., según dicen, dejó a  su novia por una chica. Pasaron dos meses increíbles en verano, pero en septiembre ella le dejó aludiendo que “le daban bajones”. Pero habían vuelto a acostarse juntos y ahora I. no pensaba más que en esa tía. “Y no es que tenga nada especial,” decía uno. Hombre, es alta, tiene buen tipo, pero el pelo da asco. Lo lleva por debajo de la cintura hecho una pena, sucio, con las puntas abiertas, siempre en una coleta…”

No lo considero una casualidad.

Dijeron lo del pelo y yo pegunté: ¿se llama Eme, vive en la calle Tal?

Justo.

Hay muchas mujeres con el pelo muy largo en Madrid. ¿Cómo puede ser que solo con ese dato supiera yo que hablaban de ti,  Eme?

Llevaba más de un año sin hablar con ella ni saber nada de ella. ¿No es demasiado raro que justo a los cuatro días, cuatro, de hablar contigo, me cuenten su vida con pelos y señales?

Para mí, evidentemente, esto ha sido una señal.  Una señal del más allá.

La cuestión es.  I no sabe, ni imagina siquiera, que Eme pueda estar con otros. Él piensa que si ella le dejó fue porque estaba deprimida. Quiere estar con Eme, está obsesionado con Eme, solo piensa en Eme y no imagina que Eme pueda estar con nadie más, porque vivimos en una sociedad en la que si no dices que estás con alguien más, la otra persona entiende por defecto que no lo estás. Muy en particular si te lo dice una mujer.

Eme, como te dije, yo dejé de verte porque entré en otra relación. Yo no me sentía a gusto con Mina, y la dejé. Ella empezó a salir con otro, a mí me lo contaba. Pero a él  no le decía que seguía follando conmigo. Se suponía que como él no preguntaba directamente, no tenía por qué decírselo. Pero él  entendió que su relación era estable. Y cuando se enteró de lo mío no sabes la que se lió.

Antes o después I. se va a enterar de todo. No de mí, porque yo no abrí la boca. Pero si llego a contar la verdad se lía parda. De hecho, no lo hice por miedo. No conozco lo suficiente a I. para imaginar cómo podría reaccionar.

Pero de los otros se enterará, antes o después.

I. está colgado de Eme y no me extraña. Cualquier hombre se colgaría de Eme. Eme es adictiva.  Si yo hubiera estado dos meses bien con una persona y volviera a acostarme con esa persona en un ambiente de amor y cordialidad, entendería que habríamos vuelto.

Eme es adictiva, ya lo he dicho, imposible sacarla de mi seso y apenas estuve con ella cuatro noches. ¿Cómo va a poder olvidarla alguien que la ha tenido durante dos meses?

A Eme el mundo, y los demás seres humanos, le importan un comino. El epicentro de su rotación y su traslación es ella misma. Y me consta que vuela, pero sin salir de ella misma. Y del perdedor es el abismo.

Eme te ofrece copas para beber, te ofrece su copa lleva de veneno, y se ofrece a si misma con calma no fingida, porque en el fondo sabe que no te ofrece nada, que solo te lo presta. Y uno no puede creerse lo que Eme ofrece, porque si se embarca con ella va directo seguro al naufragio.

 

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